Revista Digital CECAN E3

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29 -Amsterdam rompe moldes socioeconómicos – Colaboraciones

Fuente: La salud de la humanidad

Revolucionario sistema económico verde que puede cambiar el mundo.

Un sistema económico alternativo al actual tiene el potencial de cambiar el mundo. Está arrancando uno. Y no, no es una teoría peregrina. Ámsterdam acaba de incorporarlo oficialmente para poner en marcha su nueva economía post-coronavirus, y cada vez son más quienes se refieren a ella como la teoría económica del siglo XXI.

El modelo del “Dónut” es una teoría ideada por la economista británica Kate Raworth y que consiste básicamente en prosperar como sociedad de forma justa y en armonía con el planeta. Se apoya en un concepto poco habitual en economía: ¡existen límites! Antes que Raworth, el sueco Johan Rockström definió los límites planetarios para 9 procesos fundamentales para la estabilidad de sistema Tierra. Cosas como el cambio climático, la contaminación o la pérdida de especies. La representación gráfica es la del planeta rodeado de unos círculos que representan esos límites que conviene no superar.

La economista británica añade límites por dentro, los límites que se derivan de nuestro propio bienestar. Al incluir estos círculos concéntricos interiores surge una representación gráfica en forma de dónut, y de ahí el nombre del modelo.

Así pues hay dos círculos concéntricos. Un círculo interior que define.

Vale, esto implica varias cosas: Primero, que hay límites debido a que nuestras actividades tienen impactos y costes. Segundo, que debemos redefinir el concepto de prosperidad. El objetivo social deja de ser el crecimiento económico infinito … no hace falta ser matemático para entender que si creces de forma infinita en un planeta finito, estás más cerca de la definición de suicidio que de la de prosperidad. ¿Cuál es el objetivo entonces? El bienestar. ¿Y cómo se define el bienestar? El bienestar se alcanzaría cuando toda la población se encuentra en la zona de confort, en la que sus necesidades básicas están cubiertas.

El famoso mercado que se autorregula nos ha llevado a provocar el inicio de la sexta extinción masiva de especies o un calentamiento acelerado de la atmósfera sin precedentes o a vertir 8 millones de toneladas de plásticos al mar, suficientes para cubrir 34 veces la isla de Manhattan y suficientes para que en 2050 haya más toneladas de plásticos que de peces en el mar.

Hay que madurar como sociedad y aceptar que no todos nuestros deseos son posibles. De la misma forma que un niño tiene que aceptar que no puede tener un unicornio en el jardín o que no puede alimentarse solo a base de bizcochos, es hora de que maduremos, de que entendamos que si consumimos recursos materiales sin fin vamos camino a la autodestrucción.

Para evitar ese rumbo suicida Ámsterdam, por ejemplo, está elaborando un presupuesto con la huella ecológica anual que pueden permitirse en función de su población. Esto implica, en primer lugar, calcular la huella ecológica de todos los bienes que se importan y consumen, y establecer objetivos ambiciosos para conseguir mantenerse en esa zona de confort, esa zona de bienestar social y ambiental que definió la economista británica. Significa que algunos sectores, los más contaminantes, tienen que transformarse completamente o desaparecer, y que otros, los más eficientes y limpios, tienen que ocupar su lugar.

Todo esto no se consigue sin una auténtica revolución protagonizada por las energías renovables, el hidrógeno verde como combustible alternativo, la eficiencia energética, la economía circular y la agricultura regenerativa. Hay que transformar las ciudades, donde ya vive casi el 60% de la humanidad. Amsterdam ha comenzado ya. Hay que integrar infinidad de ideas porque no hay una única solución.

Hay que combinar todas las propuestas y tecnologías para no sobrepasar la capacidad de la biosfera, de la naturaleza, de regenerarse y de darnos los bienes y servicios que necesitamos. Y para no ningunear a nadie las condiciones mínimas para una vida saludable y digna. Esto nos recuerda a los derechos humanos, ¿no? Pues sí, pero ahora incorporados directamente en un modelo económico y no solo en una grandiosa pero hueca declaración universal.

No es, desde luego, una tarea fácil, y menos desde una ciudad con competencias limitadas, inmersa en un mundo global e interrelacionado. Pero el paso que ha dado Ámsterdam supone un importantísimo ejemplo de cómo abordar la emergencia climática y ecológica que vivimos. Es hora de que este modelo económico, basado en el puro sentido común y en la aceptación de límites externos e internos, se extienda por todo el mundo.

Es hora de evolucionar. Es hora de poner en marcha la economía del siglo XXI. Lo que hagamos en esta década va a marcar, nos guste o no, lo hagamos bien o no, el futuro de los próximos miles de años.

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