Revista Digital CECAN E3

Examinar. Entender. Evaluar

Abriendo ruta

Desde Abajo

Vivimos tiempos de cambio. Sumidos en una crisis que lo involucra todo, así como al conjunto social, la humanidad se enfrenta al inmenso reto de continuar sumida en un sistema económico, social, político, cultural y militar que no asegura felicidad alguna, y el reto de abrirle paso hacia una sociedad ‘otra’.

Estamos frente a un reto por encarar y ante el cual unos y otras podrían optar por abordarlo, apoyados para ello en referentes que indican un horizonte determinado hacia el cual avanzar. Quienes así obran se encontrarán en la vía con la señalización que les impedirá rodar por el barranco, pero que de igual manera no les permitirá trazar y recorrer vías alternas. Es una ruta que lleva a lugares ya conocidos y en los que se termina reforzando lo existente, a pesar de que pretenda todo lo contrario.

Pero también podrían hacerlo sin guía alguna, aunque sin dejar de lado las lecciones amontonadas en las cenizas de algunas teorías que indicaban un hacia dónde y cómo marchar, pero apoyados sobre todo en una inmensa imaginación y la disposición adecuada a la exploración y el aprendizaje para ir abriéndose camino entre la espesura de un tiempo histórico lleno de oportunidades, con el reto de delinear vías alternas a lo conocido y existente, no obstante que muchos dicen que toda opción de ruptura está clausurada.

Este tiempo de cambio indica que estamos viviendo, como ninguna otra sociedad humana, una bella época, muy superior en oportunidades y retos a la que le correspondió vivir; por ejemplo, a la sociedad de las anteriores revoluciones industriales, pero también más intensa y potente que la vivida por quienes asistieron a la crisis y la caída del imperio español, del francés y del inglés, y mucho más que la vivida por quienes enterraron el Imperio Romano u otro cualquiera.

Como no sucedió en todas esas crisis de dominio, imposición y sojuzgamiento sobre otras naciones y pueblos, así como de control del comercio y el mercado de la época, hoy, además de la llegada a su límite del imperio hegemónico en por lo menos los últimos setenta años, también asistimos al final de la civilización occidental. Como parte de ello, también arribamos al final de un modelo de vida y (mal)desarrollo que hizo de la naturaleza un objeto y de la razón el soporte de una superioridad humana sobre las demás especies, así como de un pragmatismo que pavimentó el camino hacia su autodestrucción.

En las olas de este inmenso ciclo, embraveciéndola, llegamos a la actual crisis pandémica por covid-19, que al mismo tiempo desnudó la sinrazón de un sistema de salud que medicaliza la vida como un todo uniforme y que desconoce los saberes de pueblos milenarios, así como de sociedades que han tenido que construir sus propias rutas de sobrevivencia en medio de la exclusión, el despojo y la muerte a que los llevó el capital en su afán de acumular en pocas manos lo producido por todos. Pero la crisis también nos enfrenta a un orden internacional de ‘convivencia’ del que se ocupan las Naciones Unidas y todo su sistema institu-cional, sistema que, como mínimo, se debe reformar para legitimar su papel de garante de complementariedad y convivencia –sin semicomillas– de la sociedad global, y no espacio de dominio y control de los imperios y otras potencias de los demás países, naciones y pueblos.

Son aquellos unos giros necesarios para no llegar a la autodestrucción de la especie humana, una realidad ya manifestada como posible y que padecemos a diario y en diferentes formas, evidente en la sobrediagnosticada crisis ambiental que de su mano nos lleva al borde de la existencia. Esta realidad se acompaña asimismo de otro conjunto de crisis –de seguridad social, de salud, de política…– que indican claramente cómo nos abrimos paso por medio de surcos llenos de trochas y zigzagueos, camino, claro está, que debemos ir abriendo y afirmando, al tiempo que trazamos y delimitamos todas sus características.

En ese recorrido, en el que tratamos de aferrarnos a viejas estructuras que con sorpresa vamos encontrando entre la maleza, en ocasiones tal vez avancemos unos metros y debamos retroceder otros, pues verificamos que por allí caminamos hacia un despeñadero, o que por allí llegamos a un bloque de piedra imposible de mover. Pero, regresando, deliberando entre todos, retomando experiencias varias, oteando con mayor agudeza el horizonte, trazamos una nueva ruta y ganamos más metros, terreno sobre el que vamos realizando construcciones que nos servirán para guarecernos en caso de mal tiempo, así como para retomar fuerzas, al tiempo que reunimos recursos de todo tipo, brindando con todo ello confianza y seguridad a la sociedad toda, la nacional y la global, sobre un tiempo en el que otro mundo sí es posible; un tiempo, como dijera el poeta: “¡Ay! Utopía/ incorregible/ que no tiene bastante con lo posible/ ¡Ay! ¡Ay, Utopía/ que levanta huracanes/ de rebeldía!”.

En medio de todo, bella esta crisis total a la que asistimos. Lo fundamental, al afrontar esta realidad, es asumirla como la inmensa puerta que es, abierta y no cerrada, como variedad de tendencias políticas la han asumido; crisis en que, como en aquellas donde cayó un imperio y otro ocupó su lugar, siempre en medio de vastos combates, también corre riesgo la humanidad de padecer situaciones similares. De algún modo, las confrontaciones que hoy afectan a tantas regiones del mundo son parte de ello. Pero ahora tenemos una salvedad: una disputa abierta, a fondo, sería el final de la especie y ninguno de los poderes globales está dispuesto a inmolarse. Ello nos permite concluir algo evidente: el afán por colonizar el espacio no es gratuito.

Estirando una pierna para impedir que se cierre la puerta abierta, corresponde anotar que, para superar favorablemente esta coyuntura histórica, en beneficio del conjunto de la humanidad, estamos obligados a impregnarle imaginación, cooperación, solidaridad, experimentación, para todo lo cual no es buena consejera aquella máxima que encerraba la política en el estrecho marco de lo posible. Eso sería la realpolitik, lo que nos llevaría a movernos en la lógica de lo establecido y, precisamente es eso lo que enfrentamos y debemos superar.

Estamos obligados a un cambio de óptica posible, además de necesario. Si todo está en crisis, ¿por qué la política no? ¿Acaso esta es el resultado de algo no humano? ¿No será ella el producto del hacer humano, de su búsqueda de una sociedad de más pleno bienestar humano? En ese tránsito hacia una sociedad otra encontramos con sorpresa que muchos sectores de los que se autodenominan progresistas, de izquierda, verdes y similares, están anclados en el arte de la política posible, a pesar de la crisis, como si la misma no lo determinara todo –como si no nos cuestionara también a quienes aspiramos a una mejor vida para la totalidad de la humanidad, asumida como especie, sin fronteras ni chovinismos mandados a recoger– y como si la misma no abriera interrogantes, a la par que senderos hasta ahora no planteados y hasta ahora no recorridos.

Época bella esta en que mueren infinidad de seguridades, formas de ver y entender la vida, de trabajar y producir las condiciones básicas para nuestra propia reproducción, maneras de control y dominio sobre otros –individuos y, pueblos–, formas de producir y relacionarnos, dinámicas de mercado y de acumulación –de riqueza y de poder–, así como nuevas expresiones de la vida van rompiendo la cáscara protectora del embrión que por décadas viene tomando forma, que, aunque no definitiva, ya puede empezar a dar signos de vitalidad, tras la utopía de vida digna, justicia global, solidaridad entre todos los pueblos y democracia plena: directa, participativa, radical, plebiscitaria, como garantía de otro modelo social, político, cultural, económico…

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