Revista Digital CECAN E3

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Alemania y Rusia: Las paradojas de una fría historia de desamor. 

La última vez que se reunieron, el hijo de Helmut Meyer le dejó un triste mensaje: “Papá, es hora de diversificar, tu negocio es el pasado”. Era el 31 de diciembre de 2021 en la helada Berlín y Helmut recibió el mensaje con algo de nostalgia, la pequeña distribuidora de calefactores eléctricos que fundó hace 30 años estaba desapareciendo. En lejanos inviernos, la empresa de Helmut vendía entre 20 y 30 calefactores al día, desde hace unos años llegar a los 5 es toda una proeza. Todo cambió el 24 de febrero de 2022, un día después de que Rusia invadió Ucrania. 

Ese día el teléfono sonó 20 veces, nueve clientes compraron en la tienda y llegaron 12 mensajes en facebook, el último había llegado en el 2016. La ola de compras empezó a subir exponencialmente. El crecimiento de estas ventas tuvo su pico más alto cuando se regó el primer rumor de una crisis del gas en Europa, y las amenazas de Putin de detener el suministro de los 174 millones de gas que surte a Europa (en el momento en que escribo este articulo Rusia acaba de volver a detener el flujo de gas y además sigue aumentando los precios).

De finales de febrero al día de hoy, Helmut ha vendido unos 5000 calefactores, rompiendo las cifras de la bonanza de los años 90s cuando vendió 2320 en un año. Los Meyer celebran pero son conscientes que la sociedad alemana vive un momento coyuntural. Unos 600 mil calefactores eléctricos se han vendido en todo el país. Las ventas son tantas que el sistema de distribución de Amazon en Alemania ha sufrido varios colapsos. La gente teme un invierno sin gas. 

Con el ataque a Ucrania, cincuenta años de relaciones comerciales entre Alemania y Rusia han sido heridas de máxima gravedad. Más allá de discursos históricos y geopolíticos, Alemania considera que Putin no tiene ninguna justificación para su llamada  “Operación Especial”. Ni los grupos radicales ucranianos anti rusos, a quienes Putin llama Nazismo; ni las políticas xenófobas ucranianas; ni los bombardeos del 2014 del propio ucrania sobre la poblacion ucraniana pro rusa en el Donbass; ni siquiera la fuerte presencia de la OTAN (Estados Unidos) en las fronteras rusas. Ninguno de estos hechos que provienen de la complejidad de lo que es la geopolítica alrededor de Ucrania, justifican el despropósito de Vladimir Putin. 

Para Putin en cambio, no parece ser ningún despropósito, el líder ruso entiende el costo político de su guerra, sabe que ataca en la médula espinal de uno de sus principales socios comerciales, sabe que Alemania depende de su gas para seguir siendo la potencia de Europa. 

Desde tiempos de la guerra fría, los dos países se dieron un fuerte abrazo para construir el gasoducto Nord Stream, la impresionante y destructiva obra de ingeniería que cruza el mar baltico hasta la costa norte de Alemania llenando de gas siberiano a la admirada socialdemocracia alemana. Nord Stream es el símbolo de la política pacifista que se desarrolló después de la Segunda Guerra Mundial. Fue  el recordado canciller Willy Brandt, quien defendió y promovió la idea de que Alemania no estaba para más confrontaciones, que lo que se necesitaba era hacer negocios con la Unión Soviética, y con mayor razón cuando una parte de Alemania era gobernada por el bloque sovietico. Desde ahí el idilio comercial parecía no tener fin. El gas ruso empezó a llover sobre Berlín; y la industria alemana empezó a rodar por las calles de Moscú. 

El más ambicioso y controversial proyecto entre los dos países es Nord Stream 2, una ruta paralela al primer gasoducto que recorta camino y amplía la oferta de gas ruso a Europa. El proyectó incluía a Francia, Austria y Gran Bretaña, quienes luego se retiraron por la presión internacional. En 2019, la obra se detiene por presión de Estados Unidos, Ucrania, y otros países de la Unión Europea como Polonia. Aunque hay negociaciones para retomar el rumbo, la finalización de la obra es incómoda para algunos gobiernos en Europa, Alemania competía de manera desigual, pagando un gas a menor costo del de los otros países de Europa. 

Parece sorprendente que un país como Alemania haya descuidado de este modo su soberanía energética. Rusia no solo vende gas, sino también petróleo y carbón en altas cantidades. La política alemana de los últimos años consideró al gas como el último eslabón en la cadena de la transformación energética. Alemania confió tanto en su socio Ruso que apagó el 70% de sus plantas de energía nuclear. El Partido Verde, el abanderado de la lucha contra el cambio climático, gobierna al país en medio de una paradoja irreversible: dejar en funcionamiento las plantas que aún no han sido apagadas. Un tema sensible para un electorado que votó por mitigar los efectos del cambio climático. 

Alemania se tambalea entre esta y otras paradojas. Desde que empezó la guerra ha estado obligado a seguir pagando el gas ruso, a un costo mayor. Su dependencia es tanta que tuvo que modificar las formas de pago debido a las exigencias del gobierno Ruso de pagar en rubros, exigencias derivadas de las sanciones que bloquearon el sistema de pago SWIFT. 

Hace un par de meses Rusia causó pánico cuando suspendió el envío de gas con el argumento de un problema técnico. Alemania tuvo que hacer uso de sus reservas, y vaya sorpresa, las reservas están a un 36% del nivel recomendado. Otro pequeño descuido de la política alemana de los últimos años. 

La paradoja más profunda y la menos comentada es la del presupuesto militar. Alemania tiene un ejército modesto, hace 25 años disminuyó su presupuesto militar y continuó con su política pacifista. “No vemos enemigos a nuestro alrededor, solo amigos y socios, el dinero militar irá a lo social”, fue el lema de esta política. Putin ha logrado que todos los países de la OTAN suban su presupuesto militar al 2% al que se negaba Alemania desde entonces (La industria de armas de Estados Unidos se cotiza al alza).
 
La sociedad alemana se divide entre quienes están a favor de la defensa de Ucrania hasta la “batalla final” con el envío de armas, dinero y sanciones. Una utopía alimentada por Estados Unidos y la Unión Europea. El otro sector más reducido de la sociedad es de quienes creen que el único camino es una mesa de negociación al estilo de la segunda guerra mundial, donde se sienten las principales potencias, incluyendo a China. Ucrania no puede seguir sacrificando más soldados y civiles en una guerra desigual y a largo plazo. El ejército Ruso ya está preparando toda su infraestructura de guerra para la llegada del invierno. Varios informes confirman que sus contingentes están construyendo trincheras de invierno en el frente. 

Si bien Rusia ha tenido muchísimas pérdidas en vidas y en gasto militar, el gobierno de Rusia dice que aún no le ha declarado la guerra a Ucrania. De ahí viene su concepto de Operación Especial. Y digamos que en algo de eso tiene razón, ya que si Rusia declarara la guerra a Ucrania y despliega todo su aparato militar, en pocos días Ucrania terminaría destruida. Putin solo ha encendido parte de la mecha. Su mayor despliegue militar se dio en Mariupol, la ciudad que era defendida por el ultranacionalista Batallón Azov Hoy en Mariupol las señales de tránsito son en ruso, se están entregando las cédulas rusas, las ayudas humanitarias y las pensiones son rusas (no hay que olvidar que Rusia tiene uno de los sistemas pensionales más equitativos del mundo, no existe en la tierra un anciano ruso sin pensión). 

Más tarde que temprano, el mundo entero tendrá que tragarse una dura verdad: Crimea y el Donbass no volverán a ser de Ucrania, por lo menos no en el mediano plazo. Y mientras se siga defendiendo la idea de recuperar ese territorio, la guerra profundizará la crisis en Europa.  Es tan complejo que países como Bulgaria han decidido hacer un canal de negociación directo con Putin para tener acceso a gas. Putin aprovecha y les cobra caro, mientras a China le vende gas a un precio super especial, menor del que le vendía a Alemania en aquel idilio comercial. El invierno empieza a soplar con la llegada de los primeros vientos del norte y las pocas luces de diálogo no alcanzan a iluminar otro camino que no sea la guerra.

Mientras tanto, Helmut descubrió algo que le sorprendió mucho cuando un buen número de clientes llamó preguntando por el calefactor de carbón. Helmut recordó que esta obsoleta tecnología fue usada hace poco en Bulgaria y Rumania cuando Rusia detuvo el flujo de gas por Ucrania (Ucrania tiene una red gigante de gasoductos para llevar gas ruso a Europa del Este) dejando a estos países en graves problemas. Helmut y su hijo han decidido donar 300 calefactores eléctricos para las personas que no tienen cómo comprar uno y en unos meses tendrán que enfrentar los – 20 grados centígrados.

Por: Juan Lorza