Revista Digital CECAN E3

Examinar. Entender. Evaluar

Capítulo del libro “Revolución Molecular No Disipada”

Rebecca y Jhoan

Rebecca regresaba a su natal Alemania luego de un largo tiempo viviendo en Buenos Aires. La pandemia la había obligado a salir con prisa de esa ciudad donde las fachadas europeas se confunden con el espíritu latino. Se sintió extraña en su regreso a casa, llevaba quince años viajando por el mundo y en los últimos viajes sentía que había dejado trozos de sí misma en Latinoamérica. Se dio cuenta de que quizá Europa ya no era su lugar, ese nuevo mundo que había descubierto le pedía a gritos que regresara.

Duró varios días pensativa, mirando con displicencia a esas calles que había habitado desde siempre. Alguien le habló de las clases de baile latino en Frankfurt. Al otro día tomó el metro en búsqueda de aquel lugar junto al río donde algún latino ofrecía las clases de baile. Recorrió la ciudad con la esperanza de que llenaría el vacío que sentía.

Desde que llegó a las clases se sintió en familia. Al principio la salsa no le llamó la atención y se entregó con pasión desbordada a la bachata. Los caleños que participaban de la clase la convencieron de que si quería vivir la mayor expresión del sentir latino debía bailar salsa. Fue entonces cuando se enamoró de ese ritmo desfachatado y fiestero, de sus movimientos, y fue en ese momento cuando alguien le dijo que debía conocer a la capital mundial de la salsa: Cali.

Antes de viajar, y con la experiencia que le ha dejado recorrer tantos lugares del mundo, lo primero que hizo Rebecca fue buscar trabajo en una Escuela de Salsa de Cali. El intercambio que logró negociar consistió en que ella les manejaba las redes sociales y ellos le enseñaban a mover su cuerpo al ritmo de esa ciudad salsera. Desde su llegada a Cali conectó con las personas de la escuela, y rápidamente se sintió en familia. Fue por medio del mundo de la salsa que se abrió a hacerse de amigos y amigas para salir a la fiesta nocturna, patrimonio de una ciudad donde la piel, el cuerpo y la música son parte de su idiosincrasia. Todo se complicó cuando, a los pocos días de haber aterrizado en Cali, el gobierno de Colombia decidió decretar un nuevo confinamiento por el nuevo pico de pandemia de principios del año 2021.

Con el cierre, la situación económica de la escuela se puso crítica, a duras penas lograban sobrevivir a los pasivos que había generado el encierro total de los meses anteriores. Rebecca no podía entender por qué el gobierno no brindaba opciones, no le cabía en la cabeza que no hubiera ningún tipo de apoyo que le permitiera sobrevivir a esa pequeña empresa que estaba a punto de apagar su música y su baile para siempre.

Y entonces llegó el Paro Nacional. Rebecca quiso salir a exigir por su Escuela. Ya no era solo aprender a bailar salsa, esa escuela se había convertido en parte de ella, le dolía verlos sufrir porque el sueño de sus vidas se estaba derrumbando.

Era la primera vez que salía a una marcha en su vida. Salió sola y, como buena viajera, conoció a muchas personas, tomó fotos, grabó, cantó, bailó. También, por primera vez, vio de cerca un gas lacrimógeno, por primera vez tuvo que correr porque el ESMAD estaba atacando, por primera vez vio heridos y fue testigo de lo que significaba la represión estatal. En su país, y en sus viajes, jamás vivió algo igual.

Rebecca no tuvo miedo, todo lo contrario, ver la represión estatal la impulsó a participar más a fondo, y entonces buscó fundaciones dónde pudiera ser voluntaria. Fue así como empezó a recorrer los puntos de concentración del Paro Nacional, llevaba agua, medicinas, y comida para las ollas comunitarias.

El 3 de mayo, sexto día del Paro Nacional, visitó Puerto Resistencia. Ese mismo día conoció al líder de ese punto, un joven moreno, flaco, de pelo corto, con el rostro cubierto por sus gafas y su capucha: Jhoan Sebastián Bonilla. Él la saludó con la indiferencia del líder, serio, enfocado. Rebecca sintió algo muy potente al conocer a este hombre desbordado por la pasión de una lucha. Desde el primer día sintió una curiosidad que jamás había sentido por alguien.

Ese día, en medio del trajín de las protestas, Rebbeca no consiguió transporte para regresar a su casa y se vio obligada a pasar su primera noche en Puerto Resistencia. La ciudad estaba paralizada por los bloqueos y las confrontaciones; a esa hora el Hotel La Luna estaba en llamas y en Siloé llovían las balas. La noche fue pasando con el suspenso de la espera, mientras en otros puntos de la ciudad y del país la represión se multiplicaba. Rebecca, en su gusto por el periodismo, empezó a preguntarles, fascinada por conocer a la primera línea. Quería saber quiénes eran, qué pensaban, qué pedían, por qué hacían lo que hacían. Le sorprendió ver cómo la cuidaban y cómo la trataban con respeto. También le emocionó ver a lo lejos a Jhoan Sebastián, liderando, guiando, mediando en esa lucha contra un enemigo poderoso y capaz de todo.

Desde ese día siempre iba a Puerto Resistencia, y regresaba a su casa antes de llegada la noche, desde ahí observaba hacia el oriente de la ciudad, los imaginaba ahí, tan fuertes, pero al mismo tiempo tan frágiles, se sentía mal de no quedarse en el momento más crítico, en el que más ayuda se necesitaba, había que grabar, registrar la violencia, mostrar que esos muchachos no eran unos bandidos —como decían en los medios—, escucharlos, entender que algunos no tenían una casa donde llegar ni una familia, a veces ni siquiera tenían comida, ni otra muda de ropa. Y entonces, un día decidió quedarse, y jamás volvió a abandonarlos en las noches. Ella tenía que estar ahí para mostrarle al mundo que no eran vándalos, ni terroristas, ni guerrilleros.

Noche tras noche estuvo junto a la primera línea, se fue acercando a ellos, y ellos a ella, se ganó su confianza y en algunos casos su amistad. Fue en esas noches cuando tuvo acceso a sus historias personales, familiares, a sus luchas. Los jóvenes le compartieron sus miedos, conoció sus lágrimas, viajó junto a ellos a sus sueños, aconsejó amores complejos – como todos los amores – y abrazo dolores injustos.

A veces, cuando decidía ir a casa y tomar un baño, prendido el televisor y le dolía mucho ver cómo los medios los mostraban como delincuentes pagados por organizaciones guerrilleras. Rebecca nunca vio armas, ni dinero, ni grupos armados. Lo que ella encontró fue a personas que vivían en la odisea de conseguir la comida de cada día.

— ¿De dónde podrían tener para un arma, unas balas? Nada de eso tiene sentido, sabes. Si algunos de ellos solo tenía una muda de ropa, y a veces ni tenían donde dormir — me dijo Rebecca con convicción cuando hablábamos por Zoom.

Un día, la primera línea descubrió a un infiltrado, era algo común que sucedía a cada rato. Llegaban de civil, se acercaban, pedían unirse, ganaban confianza y, mientras tanto, analizaban todo, estudiaban cuántos eran y cómo se organizaban, hasta que eran descubiertos. Su actitud, forma de actuar y las preguntas que hacían, los delataba. Aquel día atraparon al infiltrado en medio de mucho dolor. La noche anterior habían desaparecido a dos compañeros y muchos habían terminado heridos. El odio y la venganza pedían castigo ante el infiltrado, pero Jhoan Sebastián no lo permitía, les decía que no era la forma, que si hacían eso se convertían en lo mismo que estaban combatiendo y, con eso, lograba calmar a los rabiosos. Johan Sebastián sabía que un acto como ese se les devolvería con fuerza. Rebecca quedaba cada vez más fascinada con Jhoan Sebastian y su forma de manejar los conflictos, la impactó mucho su claridad, su vocación de liderazgo, sus formas pausadas pero certeras.

Cada vez que Rebecca se acercaba a hablarle se sentía nerviosa. Era algo que no había sentido antes, pensaba cada palabra, cada gesto, no quería quedar mal con él. Lo normal para ella era ser extrovertida y espontánea, pero Jhoan Sebastián la ponía tensa, dudosa, le sudaban las manos, era una fuerza que la superaba, que no comprendía.

Le impresionó su valentía. A pesar de ser uno de los líderes, o voceros de Puerto Resistencia, Johan Sebastián siempre estaba en primera fila, siempre en el frente, nunca detrás ni escondido, siempre ponía el cuerpo y el alma cuando la policía atacaba o aparecían civiles armados.

Cuando las amenazas sobre los voceros de Puerto Resistencia eran más preocupantes, Rebecca le dijo que se fuera, que era muy peligroso, que estaba jugándose la vida; Jhoan Sebastián no le prestó atención. Los mensajes insultantes y las llamadas intimidatorias también empezaron a llegarle a Rebecca. Un día, cuando caminaba desprevenida, rumbo a su casa en el barrio San Antonio, dos hombres en moto se acercaron a arrebatarle la maleta donde llevaba el teléfono con todo el material grabado de aquellas noches en Puerto Resistencia. Rebecca se aferró con fuerza a sus pertenencias y, gracias a la ayuda de sus vecinos, los «ladrones» se fueron. Rebecca se dio cuenta de que estaba siendo observada y debía protegerse, decidió retirarse del punto, Jhoan Sebastián decidió dar el mismo paso.

Rebecca continuó apoyando desde las fundaciones, grabó materiales y entrevistas que compartió con sus aliados periodistas; ya no se quedaba días enteros y menos en las noches en ninguno de los puntos. No volvió a saber nada de Jhoan Sebastián, no tenía ni siquiera su número de teléfono, no hubo el momento para pedírselo y él tampoco se lo había pedido. A veces lo pensaba y se preguntaba si estaría sano y salvo; llegó a pensar que jamás volvería a saber de él.

Un día, Jhoan Sebastián le escribió, había conseguido de algún modo su número telefónico. El corazón de Rebecca empezó a bailar una salsa nerviosa y pachanguera. Desde ahí empezaron a acompañarse en charlas eternas por el chat, desde la mañana hasta la noche se preguntaban cómo estaban, cómo se sentían, se recordaban las ganas de verse y quererse. Se abrazaron a la distancia, se quisieron en palabras, desnudaron sus miedos, sus tristezas, sus soledades.

Decidieron verse. Rebecca tomó un taxi, se bajó en el parque donde la había guiado la ubicación. Apenas lo vio, lo abrazó, con ganas de nunca soltarlo, respiró profundo y empezaron a conversar.

Se habían visto muchas noches en Puerto Resistencia, pero nunca habían tenido tiempo para hablar de verdad, era la primera vez mirándose a los ojos, sin ESMAD, ni máscaras, ni gases, ni brigadas médicas. Rebecca se había imaginado este encuentro, lo había deseado tantas veces. Una hora duró la charla, hasta que llegó la muerte a detenerlo todo.

Jhoan Sebastián llegó al hospital con 13 disparos en su cuerpo. A pesar de todo, seguía luchando, siendo un valiente, no se quejó, solo le pidió a Rebecca que no lo fuera a dejar solo. Ella se mantuvo ahí. Hasta que, sin ningún pudor ni respeto, aparecieron dos funcionarios de la injusticia con sospechosa eficiencia. Le dijeron que necesitaban llevarla a la Fiscalía, que era necesario, que debía dar unas declaraciones. Rebecca se negó y prefirió responder a sus preguntas sin salir del hospital. Le preguntaron con insistencia si podría reconocer al asesino. Rebecca no recuerda muy bien qué les respondió, la hicieron firmar un papel, del que tampoco recuerda su contenido.

Pasó noches y días en el hospital sin despegarse de Jhoan Sebastián. Aumentaron los mensajes de amenazas en sus redes. La prensa oficial la presentó como una vándala que vino a destruir el país. Decidió cumplir con la ley, ir a la Fiscalía y contar su versión como testigo de un homicidio. Fue interrogada como a una sospechosa, y no como a una víctima. Al salir, la esperaban otros funcionarios de la injusticia. Migración Colombia la esperaba para deportarla, diez años expulsada de Colombia, sin ningún argumento jurídico ni lógico.

No pudo ir por sus cosas, ni volver a su casa en Cali, la llevaron directo a un avión. Minutos antes de despegar, la muerte sé le apareció finalmente: Jhoan Sebastián había fallecido. Solo pudo gritar y gritar y gritar y detener el vuelo hasta que el propio capitán de la aeronave la ayudó a tranquilizar. Viajó llorando, muerta por dentro, doce horas infames hasta llegar a esa tierra que ahora se le hacía desconocida.

El regreso a su tierra ha sido lento y doloroso. Rebecca no solo amaba a Jhoan Sebastián, ella ama cada segundo, cada minuto, cada momento de esas noches en que estuvo ahí junto a la primera línea en Puerto Resistencia. Ama cada historia de estos jóvenes, a las familias que salían a hacer la olla comunitaria, a las mujeres que se unieron a la brigada médica, a pesar del riesgo, a los ancianos que le dijeron “gracias”. Rebecca amó esos días y esas noches intensas, y ese amor, es la única terapia frente al profundo dolor por el asesinato de Jhoan Sebastián.

Hoy, con el paso del tiempo, lo que mueve a Rebecca a seguir adelante es la búsqueda de justicia, de justicia por el asesinato de Jhoan Sebastián, por su expulsión injusta del país, por las familias de quienes perdieron a sus familiares en aquellas noches de protesta. Pero también algo que tiene muy claro, es “la búsqueda de un diálogo entre tantos dolores, rabias, desprecios, miedos, y tanto olvido”.

Unos días después de haber llegado a Alemania y haber dejado todo en Cali, cuando aún no aterrizaba del impacto del asesinato de Jhoan, recibió una fría llamada de alguien muy poderoso en Colombia, del cual ella prefiere omitir el nombre, alguien que le pidió “amablemente” que por su seguridad y la de la familia de Jhoan no revelara más detalles sobre lo que pasó en aquellos días en Puerto Resistencia y no publicara toda la información que había grabado. Era tal el poder del personaje que llamó a Rebecca que preferiría guardar muchos de los videos y material que consiguió durante aquellas noches de resistencia.

Hoy Rebecca celebra la llegada de un nuevo gobierno en Colombia, y trabaja con sus abogados por hacer justicia y memoria, no solo por Jhoan, sino por todos los asesinados en el Paro Nacional 2021, también quiere ayudar y mitigar el dolor de la familia de Jhoan, una familia que además vive en constantes amenazas. Rebecca tiene la esperanza de que se elimine su deportación y pueda regresar a Colombia, el país que ahora considera su hogar, donde vio morir a su gran amor.

Por: Juan Lorza