Revista Digital CECAN E3

Examinar. Entender. Evaluar

El buen Sebastián

Fragmento del libro Revolución Molecular no Disipada

Eran las seis de la mañana y Sebastián colgaba de una  pata soportando el peso de la historia. Los Misak  habían abierto el telón golpeando a un Sebastián  indefenso y homenajeado, orgullo de una ciudad sin  memoria.  

Cali, esa ciudad a pesar de sí misma, se levantó  iracunda ante el ataque de los «indios invasores». Era el  colmo que el respetado Sebastián haya sido golpeado de  esa manera. ¿Dónde quedaba la decencia?, gritaba la moral aturdida por el calor de su pasión.  

Sebastián era un recuerdo de mis felices y confusos once años. Los miércoles me dejaban en casa de  unos buenos amigos de la familia. La madre y el padre de Carlos siempre estaban en alguna reunión. Para mí, que venía de un mundo repleto de seguridades, todo esto significaba vivir una libertad que muy pocas veces podía tener. Salíamos a recorrer una ciudad que había vivido a través de la ventana del carro, como en una pantalla,  como en una ficción, distante, lejana, sin olerla, sin tocarla, sin sentir su energía, dicen por ahí que una ciudad que no se  camina, es una ciudad que no se conoce. 

Esos miércoles terminaron una extraña tarde. Habíamos llevado una media de aguardiente, caminamos hasta la montaña en donde se encontraba Sebastián, nos sentamos a su lado a disfrutar del licor azucarado junto a obreros amorosos, enfermeras celebrando algún amor, parejas en el idilio, músicos de alma andina y vigilantes nostálgicos. A eso de las cinco y cuarenta, Carlos nos dijo que debíamos regresar corriendo porque su padre y su madre estaban por llegar. Bajamos riendo a ritmo de aguardiente. Raúl, el otro amigo que iba con nosotros, se pone pálido y corre hasta un automóvil, abre la puerta delantera, y allí estaba su madre, encima de un hombre, con la falda abierta disfrutando del placer de este desconocido, Raúl perdió la cabeza y corrió a  esconderse de todo. El secreto de nuestros recorridos citadinos de los miércoles salió a la luz publica.  Fuimos reprendidos luego de que un patrullero de la policía encontró a Raúl, dormido, a eso de las 12 de la noche junto a Sebastián. Desde ahí he pasado miles de veces por la Sebastián, y recuerdo esto. Jamas he vuelto a sentarme a su lado desde aquel entonces.

Sobre los Indigenas Misak, los autores intelectuales y materiales del ataque contra el buen Sebastián, lo primero que llega a mi cabeza es el pueblo de Silvia, en el norte del Cauca. Ese pueblo frío, montañoso de agradables paisajes verdes que visité algunas veces en la  juventud, donde pasábamos los días en familia, y desde lejos observábamos a los indígenas unos amables extraterrestres con los cuales era mejor guardar la distancia y solo acercarse a la hora de la fotografía. Todo esto me hace  recordar una idea que escuché desde pequeño en reuniones familiares en Cali: «A esos indios no les gusta  trabajar». Yo mismo, en algún momento de mi vida, nutrido de estas  palabras, llegué a utilizar indio como broma o insulto,  ser indio es peyorativo, tardé años en darme cuenta de  mi ignorancia. “No sea indio”, “Mucho indio”, “eso es  un indio”, “esos indios…”.  Frases tan comunes y corrientes.

Cuando los españoles llegaron a las tierras de lo que  ahora son los Misak, hace mas de quinientos años,  encontraron una comunidad con un solido sistema político. Una compleja organización de siembra y riego de la tierra, un fuerte tejido social y un eficaz trazado de caminos que interconectaban el territorio. Aunque en poco  tiempo los españoles desconfiguraron esa capacidad  organizativa, los indígenas lucharon con toda su fuerza  y tuvieron que migrar hacia la montaña para repeler el  ataque; el repliegue no fue suficiente y los españoles convirtieron a los indígenas en esclavos que eran  vendidos de mercado en mercado. 

Sebastián, el líder de los españoles, venía de conquistar las tierras montañosas de Quito, donde asesinó Incas sin pudor ni remordimientos. No se sabe  bien de dónde le llegó el rumor de una tierra donde las  personas se bañaban en polvo de oro. La historia fascinó al ambicioso aventurero, y sin dudarlo  emprendió una expedición. Aunque la riqueza que consiguió en Perú le permitía una vida de lujos y  tranquilidad, Sebastián quería más, y se obsesionó con encontrar ese manantial de oro del que tanto le habían hablado. En su camino conquistó tierras, fundó pueblos y ciudades, y asesinó a miles de indígenas que se le  atravesaron en el camino y que nunca pudieron explicarle el lugar exacto de ese lugar donde brotaba el oro. La fuente de ese oro inagotable nunca llegó a  sus manos. Sebastián de Belalcazar murió solitario, en un calabozo en Cartagena de indias, luchando por recuperar su libertad, pobre y repleto de deudas. 

En los primeros años del siglo anterior, el indígena y  el campesino eran casi esclavos, a pesar de que ya no se había avolido la esclavitud. Sin propiedades y una deuda creciente con sus patrones, eran obligados a depender de ellos. un sistema de estructura feudal que  destruía la moral de cualquier ser humano. Ese  trabajador de la tierra, sin sueños, sin proyección,  sin derechos, empieza a darse cuenta que pertenece a algo, que puede luchar por algo, que tiene un pasado,  un origen, unos ancestros. Se reencuentra con su raíz,  se da cuenta que es indígena. Ese despertar pone en  tensión el equilibrio ya conquistado por las familias  terratenientes que han ido heredando las tierras  robadas en el pasado colonial. Es en ese despertar  cuando se enciende el profundo conflicto por la tierra  del Cauca y otras zonas del sur de Colombia.  

Esta tensa relación histórica entre indígenas y  terratenientes podría explicar este discurso que ha  convertido en imaginario que los indígenas no trabajan,  quieren todo regalado y no cuidan la tierra.  

Por eso cuando Cali se levanta a las seis de la mañana  con un Sebastián caído, la reacción de una élite de la ciudad fue de repudio, por eso su afán en volver a  poner su símbolo. No importa que Sebastian haya sido un  asesino de indígenas, lo que importa es que el orden  establecido siga intacto y que los indios se larguen de  aquí, que no vuelvan, que no digan nada, que no pidan  por sus derechos, y sí es necesario que no existan.