Revista Digital CECAN E3

Examinar. Entender. Evaluar

El patético destino de Iván Duque

Fuente: 2 Palabras – Por: Álvaro Perea | mayo, 2021

Hace cinco años entrevisté a Iván Duque para un trabajo sobre licor adulterado. Él era en ese entonces un congresista tan poco conocido que mi productor tuvo que convencerme de que se trataba de una buena fuente para el proyecto. Pero miren cómo son las cosas: dos años después el tipo era nada más y nada menos que el Presidente de la República.

Por su meteórico ascenso se podría pensar que la suya es una historia de éxito, aunque, si se le revisa un poco más detenidamente, sucede que se convierte en el drama de un gran fracaso humano, en poco menos que una tragedia.

La entrevista se hizo en su oficina del edificio del Congreso, en donde lo que más me llamó la atención fue un pequeño busto de Julio César Turbay que el tipo tenía en una repisa. Tener un busto de ese expresidente sin duda alguna era algo sui generis, pues yo pensaba que los únicos que podrían tener íconos de Turbay a esa altura del partido eran si acaso sus familiares. Además, me preguntaba qué podía decir esa imagen sobre el entrevistado, pues si uno encuentra un busto de Gaitán en una oficina supone que el poseedor es una persona afín a las ideas de justicia social, y si se topa con la de Laureano Gómez pues cree que el que la tenga como mínimo es un católico conservador, pero ¿qué podría decir de alguien tener la efigie de Turbay Ayala?

Cuando lo interrogué sobre el asunto, me di cuenta de que Duque no conocía mucho más de Turbay que sus opositores de la izquierda, solo que lo que para aquellos era infame, para él era fascinante. Me explico, el hoy Presidente admiraba la firmeza con que Julio César había enfrentado a la insurgencia, mientras que sus detractores lo denigraban por lo mismo. El resto de su conocimiento sobre el viejo era insignificante, ni siquiera sabía el papel de Turbay como gran impulsor del clientelismo nacional, con el significado que esto tuvo para la renovación de la clase política liberal, que gracias a él incorporó una serie de emergentes de la provincia que entraron a competirle el espacio dentro de dicho partido a la oligarquía tradicional bogotana representada esencialmente por Carlos Lleras Restrepo. Pues bien, Duque no tenía sino una idea muy vaga de esto. Su fascinación por Turbay era intensa pero superficial y se enfocaba exclusivamente en la fuerza.

Aparte de esto la entrevista no tuvo nada memorable. Duque me pareció el típico niño bien que gracias a que no era del todo bruto, a que sabía inglés y a las buenas relaciones de su familia, había llegado al Senado. Mejor dicho, lo consideré un tipo afortunado que, en virtud a unos buenos modales podría tener una buena carrera sin grandes enemigos o detractores.

Pero resulta que a los dos años ese tipo de la camisita polo y el saquito de cachemir en el cuello se convirtió en el Presidente de Colombia, con ganas de ser un mandatario fuerte, como su mentor Álvaro Uribe y como su idolatrado Julio César Turbay. ¡Ah problema! Supongo que, en ese momento, Duque en su fuero interno lamentó que las FARC ya no estuvieran en pie de lucha para pasar a la Historia como el pacificador de Colombia. Supongo también que como ya no tenía a las FARC, buscó otros enemigos a quienes les pudiera orinar el territorio. Encontró entonces al régimen de Maduro en Venezuela. Seguramente en una noche inquieta se soñó como el nuevo libertador del país hermano. Se vio como la encarnación de Bolívar y creyó que como aquel avanzaría desde la Nueva Granada contra el nuevo Boves y sus hordas de pardos, negros y mestizos. En su delirio, imaginó que dicha liberación sería equivalente a la caída del Muro de Berlín y lo manifestó en la vigilia. Por unos días llegó a creer que recibiría el aplauso unánime del continente y que sus amigos de Washington le harían una estatua cerca a la de los Padres Fundadores Jefferson y Washington, que ahora sí y gracias a él estarían vinculados a Colombia. Pero no resultó ser así y lo peor es que sus sueños de grandeza universal se estrellaron contra un prosaico paro nacional. No sin antes vender la cuota inicial de su alma al diablo cuando —junto con Néstor Humberto Martínez, que fungía de Beria o de Mc Carthy según sea su tendencia querido lector— pasó de lo culposo a lo doloso y le armó un caso a Jesús Santrich para darle un golpe mortal al Proceso de Paz colombiano. Sé que esto último de defender a Santrich a la luz de los sucesos recientes puede resultar odioso, pero tengo la seguridad de que así el exguerrillero tuviera muchos pecados y crímenes, el que le adjudicó la Fiscalía de Néstor Humberto no era uno de ellos.

Volviendo a Duque, se me ocurre que su obsesión por atacar el Proceso de Paz si bien puede estar relacionada con los intereses de su partido, tiene también que ver con ese modelo de gobernante fuerte, estilo Julio César Turbay, que lo ha inspirado. El pobre Duque es prisionero de su modelo infantil y esto lo ha llevado a adoptar una pose de fortaleza en la que nadie cree, pues nada la soporta. Pues como bien dijo Gustavo Petro, la fuerza de los gobernantes se fundamenta en el apoyo popular, algo que tanto Turbay como Uribe —los dos modelos de Duque— poseían, ya que no había político de su partido que no les debiera favores mientras que no hay político de su partido al que Duque no le deba favores y no hay nada más débil que un Presidente empeñado.

El problema para el país es que un presidente sin apoyo popular, que quiere ser fuerte, porque su ego lo necesita, no tiene más remedio que soportarse en el miedo. Eso fue lo que hizo Duque durante el Paro de 2019 cuando intentó apagar por medio del miedo y la arrogancia la protesta, creyendo que se trataba de otro lío más de unos “desarrapados” que no entendían todo lo grandioso que estaba haciendo. En fin, en 2019, Duque se equivocó por soberbia y por negligencia, pero sobre todo por frivolidad. Esta frivolidad lo llevó a la crueldad de salir disfrazado de policía al día siguiente de que la Policía matase a doce jóvenes en Bogotá. Con esto Duque entró en caída libre. Ya no se trataba de un gobernante en tránsito del casi anonimato al desprestigio, que es algo relativamente normal, sino de un hombre en proceso de perder su consciencia. Es que una cosa habría sido no condenar los homicidios, pues al fin y al cabo los policías los ejecutaron para defenderlo a él y a su Gobierno, pero otra cosa muy distinta es felicitarlos por ello. Duque en su afán de parecer fuerte, cometió un error trágico para cualquier aspirante a héroe y es asimilarse al verdugo. Turbay, por ejemplo, nunca lo hizo. Aun realizándose, Turbay nunca salió a defender la tortura que se hacía en el marco de Estatuto de Seguridad, ni pendejo que fuera. Igualmente, Uribe a pesar de sus salidas en falso, nunca ha dicho que los Falsos Positivos estuvieron bien. Ha dicho que fueron menos, que quizás las víctimas no eran inocentes, pero no ha dicho que estuvieron bien. Duque al ponerse ese uniforme sí lo hizo. Después de esto nada ordinario podría frenar el impulso de su caída. Pero vino la pandemia. En su afán infantil de grandeza, seguramente Duque en ese instante se pudo imaginar como el salvador de los colombianos. El hombre que podría evitar o paliar una tragedia mayúscula. Pero aquí su incompetencia le ganó y, como en las tragedias griegas, él mismo continuó cavando su foso. Lo hizo nombrando imbéciles como ayudantes y siguiendo ciegamente la guía de su mentor. De ambos recibiría el empujón definitivo que lo hundiría en el abismo de la infamia.

Eso es lo que está sucediendo en este momento, cuando la propuesta de Reforma Tributaria derramó la copa de la paciencia nacional y el país hastiado de la negligencia, la soberbia y la desvergüenza del Gobierno, se ha movilizado como nunca antes. Jamás en la historia de Colombia se había producido un estallido tan generalizado. En la inmensa mayoría de las ocasiones las protestas eran sectorizadas. Podían ser de maestros, de camioneros, de indígenas, de campesinos o de bogotanos, que usualmente era la única ciudad que protestaba. Ahora, en cambio, el estallido se ha producido en todas las ciudades de Colombia y prácticamente en todos sus estamentos, y Duque, queriendo ser fuerte, queriendo ser Turbay nuevamente, responde con el despliegue de violencia policial más cruento del que se tenga memoria desde la Policía Chulavita.

Al día de hoy los muertos por parte de las fuerzas del orden ya suman más de medio centenar, los desaparecidos —que generalmente son muertos no contados— casi alcanzan a los mil, hay decenas de denuncias de violaciones de mujeres en estaciones de Policía o centros de detención, centenares de heridos y miles de videos que muestran a los policías o al ESMAD disparando armas que deben ser de contención, directamente contra la gente que protesta.

Gracias a las decisiones que llevaron a esta situación, ahora Duque ya no es un tipo afortunado. Tampoco es el hombre fuerte que soñó ser y que nunca fue. Mucho menos es el inofensivo niño bien educado que sabe inglés y hace monerías con el balón o con una guitarra. Duque ya no es ni siquiera el títere un tanto ridículo pero excusable de Uribe, no, ahora Iván Duque es el principal responsable de la muerte de como mínimo cincuenta colombianos. Cada vez que se mencionen los nombres de las personas que han caído o han sido vejadas durante este proceso, al lado del ejecutor estará el rostro de Duque como verdugo, porque esto ya no es un asunto de manzanas podridas ni de política de Estado, sino del origen en sí mismo de la podredumbre, y este tipo superficial y aparentemente inofensivo, que llegó casi jugando a la Presidencia en debates que para él debían ser como intervenciones en el centro literario del colegio, hoy es un hombre infame. Hoy, así le pongan todas las arandelas, es un criminal.

Visitas: 216