Revista Digital CECAN E3

Examinar. Entender. Evaluar

La peatonalización: un pacto por la vida en la vía

Diego Rodríguez Mariaca[1]


[1] En colaboración con Michel Zuluaga Duque y John Fredy Bustos

Las conferencias especializadas sobre asuntos urbanos mencionan a menudo la pirámide invertida de movilidad y enfatizan la prioridad de inversión y equidad que generan los viajes de los peatones (ilustración 1). Sin embargo, las cifras nos revelan que poco más del 60% de los desplazamientos en Cali se realizan sobre calzadas (como lo refleja la última encuesta de movilidad). Esto lleva a que nos preguntemos ¿en qué momento un desplazamiento de uno o dos kilómetros se convirtió en un viaje obligado en vehículo?

Resulta curioso que los hacedores de política pública y la ciudadanía en general no vean lo anterior como un problema; no obstante, cuando se habla de peatonalización se escuchan al unísono los gritos en el cielo.

Actualmente, debido a la emergencia producto de la pandemia por COVID-19, muchos invocan el regresó a la peatonalización como parte de la agenda pública de la ciudad, lo cual, sin lugar a duda, resulta atractivo en principio. Comparado con la ocupación de los sistemas masivos (hasta 7 personas de pie por metro cuadrado), los desplazamientos a pie pueden reducir el contacto prolongado en las aglomeraciones, además de que resulta fundamental si hablamos de movilidad sostenible y activa.

Ahora bien ¿Qué es la peatonalización? Más importante aún ¿Sí funciona?

Hace un tiempo asistí al Congreso Colombiano de Transporte y Tránsito en Bogotá. Me quedé en un hostal del barrio La Candelaria, a poco más de un kilómetro de la Universidad anfitriona. Recuerdo el trayecto por la Avenida Jiménez, un corredor de Transmilenio con senderos peatonales a nivel, adoquinado y con espejos de agua. Caminé hasta el edificio de El Tiempo sin la prevención de, cada 100 metros, mirar a ambos lados de la calle. Ahí comprendí lo que exponían, algunos profesores y estudiantes apasionados por el transporte, en los auditorios.

En palabras sencillas, la peatonalización busca dar prioridad a las personas por encima de los vehículos, bien sea de manera exclusiva o compartida. Son conocidos los impactos positivos, que se evidencian con estas intervenciones. Basta con googlear el tema para encontrar notas en diversos portales sobre sus bondades (entre estos, aumento en el precio del suelo y activación del comercio) así como la resistencia inicial que provoca en las zonas de implementación.

En Colombia hay casos de éxito en municipios pequeños, como Villa de Leiva o Salento, con calles llenas de turistas nacionales y extranjeros circulando libremente. Esto se puede ver en los restaurantes y locales comerciales llenos. También se ve en ciudades con más de un millón de habitantes, como Cartagena y su centro histórico, el paseo la Playa en Medellín o la Avenida Jiménez en Bogotá. Todos son muestra de la pacificación de tráfico.

Cali no es ajena a esto y, por supuesto, también hay aciertos importantes donde los peatones han ganado espacio, tal es el caso del Parque 72W y el Bulevar del Río como proyectos de renovación urbana y mejoramiento del espacio público. Dotados para la recreación y la movilidad activa. Se convirtieron en lugares donde las personas caminan, pasean sus mascotas o se sientan a conversar con amigos. Sin embargo, para nadie es un secreto que se quedaron cortos, a tal punto que son pocas las bancas desocupadas después de las 5 pm.

Además, para llegar a pie, en el caso del Bulevar, primero hay que sortear diminutos andenes arrinconados, comprimidos, entre fachadas y calzadas, o esquivar vehículos que parecen escenificar una película de Fast and Furious. Sumado a esto, en la ciudad hay preocupación por cuenta de la seguridad. ¿Cuándo se convirtió en una utopía pensar en rutas seguras que nos cobijen a quienes vamos en bicicleta, trotando o simplemente caminando?

¿Asumimos el reto o sacamos más excusas?

En Cali, es clara la centralización de actividades, un ejemplo de esto es la importancia que, en términos de viajes atraídos, aún conserva el centro histórico. No se puede limitar la peatonalización a zonas céntricas. Los hitos conectados con corredores peatonales, que permitan caminar la ciudad, podrían incentivar caminatas largas y promover la actividad física, lo que además ayudaría a combatir las altas cifras de sobrepeso que padece casi la mitad de la población.

De la misma manera, es necesario pensar en la posibilidad de desplazamientos peatonales cortos en ambientes próximos al trabajo o el hogar. Esto nos lleva a pensar que debemos cambiar la visión de movilidad como la forma de atravesar la ciudad a toda velocidad para reducir los tiempos en nuestro vehículo.

¿Espacio para mesas o para peatones?

Finalmente, hay un asunto difícil de abordar, que se ha tomado las calles de la ciudad en los últimos días. La propuesta de restaurantes con mesas sobre la calzada como una posible solución que conlleva a una serie de inconvenientes.

Sorprende en este caso el silencio de algunos defensores del espacio público –que se rasgan las vestiduras cuando ven el comercio que ocupa, parcial o totalmente, el centro histórico— con respecto a las mesas sobre la calzada izquierda de la Carrera 34.

Podríamos invocar la consigna universal de que el espacio público es de todos; sin embargo, también tendríamos que recordar al mismo tiempo, que nadie puede reclamar su uso y usufructo particular. Los acuerdos del uso del espacio público deben tener límites claros, de lo contrario es posible que revivan viejas querellas.

¿Se imagina usted el Bulevar lleno de mesas?

Diego Alejandro Rodríguez Mariaca

Fundación Integrados
diego.rodriguez@integradosla.org