Revista Digital CECAN E3

Examinar. Entender. Evaluar

Quiero ser «león» como mi papá

La realidad hoy es que la juventud no lee, no escribe y escasamente utiliza 200 palabras completas para comunicarse, muchas de las cuales son palabras soeces.

Y sí, todos se quejan y reprochan esa situación, pero es fácil señalar al otro y no reconocer que mucha culpa la tienen sus progenitores. Yo recuerdo que mi hijo como muchos muchachitos de su edad no quería leer, era preferible ver muñequitos en la televisión; pero yo si hice  la tarea y no faltó un solo día en el que le leyera uno de la 100 cuentos clásicos que tenía heredados de su tío menor,  teníamos 100 y cuando dábamos la vuelta completa era como leer un cuento nuevo, no solo leíamos sino que al final rezabamos el “ángel de la guarda mi dulce compañía”.

Fueron muchas veces que leí los 100 libritos de cuentos, uno cada noche hasta cuando vimos en el teatro a Peter Pan, allí la historia dio un giro total, todos los días debía leer el mismo cuento, ya me lo había aprendido de memoria, y claro lo recitaba haciendo alarde de mi memoria, pero mi hijo que no sabía leer, muchas veces me dijo “ NO, ALLÍ NO DICE ESO”, y efectivamente había cambiado tal vez una que otra palabra.

Hábito que nunca dejamos y que hoy por hoy agradezco, pues mi hijo lee mucho, me atrevo a decir que más que yo. Recuerdo en una oportunidad cuando homenajeaban a nuestro premio nobel en literatura y en los postes de la avenida Colombia pegaron mariposas amarillas, él tendría unos 6 años y claro me pregunto el por qué esas mariposas en los postes. Mi respuesta fue: “es un homenaje a un escritor que en una novela hablaba de Mauricio Babilonia y las mariposas amarillas y fue tan buena la novela que lo premiaron con el Nobel de literatura”.

La curiosidad lo atrapo y me pidió que  leyéramos lo de las mariposas amarillas, yo busqué y encontré un libro para niños LOS CUENTOS DE MI ABUELO EL CORONEL, de Gabriel Garcia Márquez  edición de lujo de Smurfit Cartón de Colombia con ilustraciones de Mario Gordillo, y lo escogí porque en la cobertura aparecían muchas mariposas amarillas, pero nos llevamos tremenda decepción, pues nunca aparecieron tales animales; mi hijo me exigía conocer la historia y no tuve más remedio que decirle, “yo tengo la novela”, pero no es para niños y no tiene ni un solo dibujito. Me decía, “no importa”, traté de persuadirlo diciéndole que era un libro muy gordo, que no lo terminaríamos en una sola noche, pero no lo logré, y nos embarcamos en la lectura de 100 años de soledad.

Inicialmente yo hacía traducción simultánea, no le leía que el italiano se había cortado las venas, le leía se murió de amor, y un día le leí que uno de los Buendía había llegado bien dotado al mundo y se rió. Me di cuenta que no debía hacer traducción simultánea , porque él sabía de letra colorada y yo lo estaba subestimando, tomé la decisión de leer tal cual estaba en el libro, y descubrí que en su disco duro todo el árbol genealógico de los Arcadios y los Aurelianos estaba claro, yo a veces me enredaba y él sí sabía cuál era cuál. Fue una magnífica aventura que no quería suspender, tenía que leerle mientras se bañaba, mientras desayunaba, quería llegar a las mariposas amarillas. 

Lo logramos, y mi hijo jamás olvidó quién era el escritor y siendo muy pequeñito en clase la profesora habló de Garcia Márquez y él dijo:  “¡Ah sí! el que escribió 100 años de soledad”, la profesora quedó tan impresionada que le preguntó ¿por qué sabes? Y él respondió porque ya lo leí. La profesora me llamó admirada y le conté esta historia.

Como buen niño siempre quería que se le compraran juguetes en cada almacén al que entrábamos así fuera a hacer mercado. Y una vez en una de las grandes superficies se enamoró de un juego de armar carísimo, para ese entonces ya sabía leer pero no quería hacerlo, me tocó negociar con él, le propuse: tú lees un libro y me cuentas y yo te doy al final del libro la mitad del valor del juguete, y luego te lees otro libro y yo te doy la otra mitad, le advertí que debía leerlo a buen ritmo, porque si se demoraba mucho, podría no encontrar el juguete.

Escogí para él cómo primer libro algo que le llamara la atención para su edad, y no me equivoqué al llevarle “ Al rescate de Omacha” él leía y me contaba todo lo emocionante de la historia de una delfina rosada en el Amazonas; cuando terminó, yo cumplí y le di la mitad acordada, luego igual el segundo libro y volví a cumplir, pero cuando llegamos al almacén ya el juego no se conseguía, pero a mi hijo le gusto descubrir las aventuras en las letras y se volvió el gran lector que es hoy. Y esta historia me hace recordar a mi sobrino mayor que cuando le preguntaban de niño que quería ser de grande? Siempre respondía ¡QUIERO SER LEÓN COMO MI PAPÁ! 

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