Revista Digital CECAN E3

Examinar. Entender. Evaluar

Salud emocional (184)

Así lo aprendí, así lo practico, así lo enseño.

Así lo aprendí, así lo practico, así lo enseño. ¿Por qué otros si pueden y nosotros no? ¿Por qué existen pueblos que lo aprenden “tan fácil” y aquí nos faltan horas y horas de aprendizaje para soportarnos? Habría múltiples razones para explicarlo desde diferentes miradas del conocimiento. Sin embargo, una respuesta aproximada al por qué de nuestra violencia visceral e histórica podría darse por el lado de “así lo aprendimos” y no han existido maestros, instituciones o movimientos que intenten cambiar este software. No hay profesores de la “nueva” asignatura NO VIOLENCIA o TOLERANCIA y en cada rincón patrio, en cada vecindario, en cada familia, en los patios de recreo, en la calle comunitaria, en los recintos públicos y claro, en las redes sociales, se siguen produciendo toda clase de peleas y agresiones por no saber convivir. ¿Cómo corregir? Nuestra violencia es aprendida porque los comportamientos se copian de generación en generación: no vienen cosidos en la sangre. Así lo aprendí, así lo practico, así lo enseño. Si se quiere cambiar, hay que romper el círculo vicioso.

Aunque el Estado sea el que crea políticas, no son únicamente las normas o reglamentaciones las llamadas a modificar la mentalidad de violencia. Es la conciencia, la capacidad de caer en cuenta, la que nos puede llevar a cambiar actitudes. Parodiando la filosofía de Pambelé: “Es mejor ser rico que pobre” podría decirse que, “es mejor vivir bien a vivir mal”, creencia que nos debería llevar, con actos individuales, conscientes y repetidos, a desear cambiar el espiral de violencia que nos educó. Debe existir una responsabilidad social siendo conscientes que cada acto individual, por mínimo que sea, enseña, tiene “público” que aprende de este. No es la pobreza, no es la falta educación formal la que nos hace tan intolerables. Pueblos vecinos, ciudades hermanas, pueden manejar una convivencia más sana a pesar de sus índices de pobreza o elementalidad intelectual. La intolerancia puede tener dos posibles explicaciones: creer que somos superiores, o que el dinero o el color de piel, las ideas, las creencias, nos hace diferentes y por lo tanto existe el derecho de someter o controlar al otro, a los que no son como yo. O, en el extremo contrario, la inferioridad económica, la incapacidad mental, pueden llevarme a desafiar cualquier vestigio de autoridad.

El poder es una herramienta apetecida desde la inferioridad al no sentirse lo suficientemente apto para convivir sin aplastar. Una explicación psicológica podría hablar de la necesidad de reconocimiento, surgida desde los primeros meses, cuando no se recibió el suficiente soporte para sentirse amado y aceptado. Es posible que podamos pasar el resto de la existencia anhelando esa mirada materna (o reconocimiento del otro) y cuando no se da, la angustia interior puede llevarnos a ese grado de intolerancia. Si no me miras es como si desapareciera, si no me reconoces no existo. Entonces, la violencia desesperada puede ser una forma muy primaria de sobrevivencia, lo que no significa, nunca jamás, que sea justificada.

Pero las actitudes se pueden aprender, enseñar y mejorar. Ese es el reto. No somos superiores en nada, ni siquiera en ideas. Actos de humildad, actos de conciencia y preguntas como “que obtengo con esta pelea?”, permiten evaluar nuestros actos y cambiar. Enseñar como expresar emociones, usar las palabras y aprender de situaciones extremas de violencia, pueden ser un sencillo material de apoyo para caer en cuenta y cambiar de comportamiento. No se necesita dinero, se necesita actitud porque si lo aprendiste así, no estás condenado a repetirlo: puedes cambiar y enseñarlo diferente. Es la posibilidad de una convivencia más sana entre todos. ¡Cada quien decide!

Por: Gloria H.