Revista Digital CECAN E3

Examinar. Entender. Evaluar

Salud emocional (196)

Por: Gloria H.

Fidelidad, ¿existe?

Así como aprendemos a cambiar el significado de algunas ideas puesto que su definición tradicional está mandada a recoger, al tema de la infidelidad también hay que darle un revolcón. Fidelidad como sinónimo de exclusividad, como castración de todas las miradas, pensamientos, acciones y deseos, no solo es un concepto absurdo sino también, sorpréndase, enfermizo.

La cultura patriarcal, desafortunadamente, construyó teorías para seres que no existen. O desde otra perspectiva, craneó ideas con el único sentido de controlar y dominar mentes, corazones y actitudes. Pero… claro, como cada vez es más palpable el desmoronamiento de esa cultura, surgen nuevas posibilidades para vivenciar formas de vida diferentes. Que puede qué no coincidan con la nuestra pero respetando la diferencia, no podemos condenar. No es fácil, pero desde la madurez del criterio se debe aceptar.

Japón acaba de denigrar de su campeón estrella de natación porque fue infiel en su matrimonio. En el estricto código de ética nipón, esto no es posible: creencias de una cultura que exige comportamientos éticos en todos los escenario. ¿Cómo evaluar felicidad en estas culturas? ¿Cuál es su tasa de suicidios?

Mientras, en occidente se insiste en matricular a todos los seres humanos en la fidelidad como «comportamiento ideal». ¿Por qué? Posiblemente para evitar la incertidumbre. La incertidumbre de saber si día tras día me quieren y merezco su cariño. Queremos vivir en un mundo de certezas, quieto, con garantías y seguridad. ¡Eso no existe! La certeza de que «estás asegurado o asegurada de por vida» produce tranquilidad. Pero, aun cuando se oiga en forma muy tenaz, el ser humano es infiel por naturaleza.

Nada ni nadie nos puede llenar 24 horas al día, 7 días a la semana, 4 semanas al mes, 12 meses al año y… así sucesivamente. Ojo, eso no quiere decir que no existan personas fieles. ¡Claro que sí! Así como pueden darse personas que se acomoden a vivir en el páramo, o personas que disfruten estudiando animales o individuos que se la gocen viviendo solos o solas. Los seres humanos somos diferentes y no pueden construirse teorías «creencias» para que toda la humanidad las practique por los siglos de los siglos.

La fidelidad es un comportamiento de vida, repito una creencia, y por lo tanto todos y todas no deben vivenciarlo. Libre y voluntariamente cada cual puede acceder a aceptarlo o puede construirlo de otra manera. Pero cualquiera que sea la creencia que se asuma frente a la fidelidad, debemos aceptar que es de doble vía. Me puede pasar a mi, pero también le puede pasar a mi compañero o compañera.

¿Por qué no existe la fidelidad? Porque nadie es exclusivo ni único. Porque cada ser que se cruce por nuestra vida es un ser que aporta y enriquece. Ojo, pero debo advertir que una cosa es sentir atracciones esporádicas o duraderas por otra persona, cuando ya se tiene pareja y otra bien diferente vivir de aventura en aventura. Esto último no sería infidelidad sino un problema de inmadurez.

En lenguaje popular sinverguencería. En lenguaje más refinado promiscuidad. Por lo tanto, las personas que se matriculan en el curso del Amor deben incluir dos elementos que casi nunca fallan: sufrimiento e infidelidad. Lo que debe sorprender es que no se den y no como sucede bien a menudo, el impacto de creer que se estaba «vacunado» contra la infidelidad.

¿Acaso soy tan perfecto o perfecta que puedo asegurar que mi pareja no mirará a nadie mas? ¿Quién soy yo para amarrar el corazón del otro o de la otra? Como seres finitos, humanos y volubles en medio de la incertidumbre, tenemos que aprender a aceptar la infidelidad como parte de la cotidianidad.

Además, si se derrumbó el «inmodificable mito» de la virginidad, cómo no se va a derrumbar cualquier otra creencia. Sólo es cuestión de «hacer fila» y uno a uno irán cayendo cada uno de nuestras anquilosados conceptos.