Revista Digital CECAN E3

Examinar. Entender. Evaluar

Carolina Sanín y Paloma Valencia. Una charla colonial

Escuché la entrevista que la escritora Carolina Sanín le hizo a finales de 2021 a la senadora Paloma Valencia. En las redes leí el derrame de críticas que atacaban a la Sanín con el argumento de estar limpiando la imagen de la senadora uribista. Esa crítica, fruto de los odios que despierta la escritora bogotana en Twitter, es una crítica pobre e incapaz de ver la importancia – y lo democrático – de dialogar con quien piensa distinto.

La Sanín inicia la entrevista con un tema fundamental: el departamento del Cauca. En su primera respuesta la senadora expresa una cierta nostalgia por ese Popayán poderoso y reconocido que ostentó un gran poder político y económico muchos años atrás (y donde su familia ha sido gran protagonista, aunque ella no lo dice pero casi todo el mundo lo sabe). Paralelo a esa nostalgia, la senadora repite con insistencia que la identidad caucana está tristemente marcada por la violencia. Y tiene razón, es una violencia que sucede como tragedia – en términos griegos – porque es una violencia de verdades que no logran un punto común. De un lado la verdad del terrateniente, que ha olvidado, desconoce o no quiere recordar el pasado violento de la obtención de sus tierras, y la otra verdad, la de unas comunidades indígenas que han decidido luchar para recuperar la tierra robada de sus ancestros.

Carolina Sanín recuerda que ha ido a Popayán unas cuantas veces y siente que es un lugar enquistado en la época colonial. Paloma abre los ojos incómoda y responde con toda seguridad que “No es así” y que esa es la versión bogotana del Cauca. Argumenta que lo que ha pasado en el Cauca es el resultado de un discurso de odio (la ya desgastada narrativa), también explica que esa supuesta élite opresora se fue hace años del departamento. Y sí, eso es cierto, las elites mestizas hace años abandonaron Popayán para irse a Cali y Bogotá, pero sus tierras y sus negocios siguen en el Cauca. Son la misma élite que lleva años intentando dibujar a los indígenas del Cauca como guerrilleros y narcotraficantes; la misma élite que guardó silencio cómplice (y participó) de los civiles armados que dispararon a la minga indígena durante el Paro Nacional, dejando 9 indígenas heridos y vendiendo la idea en sus medios de comunicación de una minga indígena invasora y terrorista. 

Luego la entrevista llega a un tema inevitable a la hora de hablar del Cauca, el tema de la tierra. Paloma cita como ejemplo de reforma agraria en el Cauca al INCORA, el extinto Instituto Colombiano de Reforma Agraria que entregó más de 150 mil hectáreas de tierras productivas, lo que Paloma define como tierra perdida. Su visión de la propiedad de la tierra por parte de indígenas, campesinos y afros se resume en esas dos palabras: “tierra perdida”. Una mirada capitalista (de espíritu colonial) centrada en el pensamiento corporativo de la tierra. Esa misma visión colonial de la tierra era la base que sustentaba al INCORA. Una entidad que si bien tenía muy buenas intenciones, entregaba tierras con la imposición de unas condiciones de productividad agrícola que una gran parte del movimiento indígena del Cauca se negó a aceptar. El INCORA no fue un proceso dialogado, fue un proceso impuesto desde arriba que desconoció las dinámicas de las comunidades, una imposición del aparato productivo. Una visión que se niega a entender la importancia de la relación entre cultura y tierra, cultivar la tierra no solo como proceso comercial sino como tejido cultural.

Afortunadamente ahí estaba Carolina Sanín para recordarle al público y a Paloma que los indígenas no tienen la misma concepción de productividad del sistema capitalista convencional. Que manejan otros tiempos, otra relación con la tierra y el cultivo. A Paloma le cuesta entender que los indigenas tienen una visión de raíces incas dónde prima lo comunitario, lo colectivo, y el respeto por el equilibrio de la tierra. Y entonces Paloma responde con una de las frases más usadas por esa elite payanesa que ya no vive en Popayán: “las tierras indígenas están llenas de coca”. Se pregunta uno si Paloma nunca ha subido al territorio indígena para conocer los procesos. Quizá Paloma solo alcanza a ver desde lejos el verde intenso de la hoja de coca que como mancha brilla en medio del verde oscuro de la montaña. Quizá Paloma no conozca los proyectos trucheros, de café, de yogures, de quesos, de ganadería, de artesanía, de música, de productos derivados de la marihuana y la coca, o quizá si los conozca pero para ella son tierra perdida. Los indígenas, igual que cualquier colectivo, luchan a diario contra el poder corruptor del narco, y en muchos casos fracasan, tal y como fracasa frente al narco ese modelo colonial que Paloma con tanta moral dice defender.

Sanín hace otra pregunta sobre el colonialismo y Paloma responde con esta joya: “El Cauca tiene muchos indígenas porque allí hubo un mayor respeto por las cosas en comparación con otros departamentos”. Yo no podría contradecir si en los otros departamentos respetaron menos o más a los indígenas que en el Cauca, pero ese no puede ser el argumento para negar la historia violenta que han vivido y que viven a diario las comunidades de esa región. Ya bien lo decía Álvaro Pio Valencia – hijo del poeta Valencia y tío abuelo de Paloma – cuando decidió escriturar las tierras que había heredado de su familia, “yo no les regalé nada… solo les devolví lo que les robamos a sangre y fuego” le dijo el revolucionario Pio Valencia al escritor Julio Cesar Londoño.

De nuevo, uno supone que Paloma no conozca o no recuerde el asesinato del sacerdote Álvaro Ulcue, líder y símbolo de la recuperación de la tierra y la memoria de los NASA. Quizá también haya olvidado la versión de la prensa de la época que narra cómo su tatarabuelo el poeta Guillermo Valencia escupió con desprecio al encarcelado líder indígena Manuel Quintín Lame. Tampoco tendrá ganas de comprender que el indígena del Cauca era un trabajador campesino que se reencontró como indígena ya que sus procesos y su memoria habían sido desaparecidos por años de colonialismo, esclavitud, violencia y la práctica terrible del terraje, una forma de explotación laboral muy semejante a la esclavitud, que Manuel Quintín Lame se dedicó a eliminar y fue la razón de los odios profundos del poeta Valencia sobre el indígena revolucionario.

Surge entonces el tema de la propuesta de Paloma de dividir el departamento. Una propuesta que en su momento causó mucha controversia y que quizá tenga buenas intenciones pero que para ser llevada a cabo necesitaría una negociación profunda para que la tierra que sea entregada a los indígenas sea realmente la tierra productiva, lo que incluiría a algunas de las grandes plantaciones de caña que pertenecen a esa élite que desde Bogotá y Cali mira a la tierra indígena como tierra perdida. Ese tipo de negociación, – y ahí reside la tragedia del Cauca, – parece cada día más inviable.  

Cuando la entrevista se aleja del Cauca para entrar a temas de orden nacional, Paloma se percibe más cómoda en sus respuestas, más segura, sin menos cargas, como si le quitara un peso de encima, y en ese momento deja ver la cancha y los aprendizajes de una carrera política exitosa como senadora. Pareciera como si hablar del Cauca no le permitiera tener la perspectiva necesaria y tal vez sea que el tema del Cauca le pisa los talones de sus intereses personales y su pasado familiar. 

En temas nacionales Paloma se opone a la renta básica universal pero defiende una renta para personas en pobreza extrema. Dice la senadora que la brecha social se disminuiría sí se reducen los altos costos del Estado que a su modo de ver no permiten que lleguen los recursos a quien los necesita. La idea de la reducción del Estado es coherente con su pensamiento neoliberal. En ningún momento usa la palabra corrupción.

En el tema de regularización de las drogas su postura es una continuación de la ya fracasada idea de combatir a los carteles. Aún repite el discurso moral sobre el peligro que la regulación de las drogas supone para niños y jóvenes, el mismo discurso que han repetido sin pudor desde que Ronald Reagan lanzó la última cruzada antidrogas. ¿Por qué continúan con este discurso? ¿De dónde proviene la ceguera que no les permite ver que la guerra contra las drogas no ha servido para nada? ¿En serio creen que por medio de la prohibición los niños y los jóvenes estarán lejos de las drogas? ¿Son de verdad tan ingenuos? ¿O hay intereses cercanos a su proyecto político a los que nos les conviene probar nuevas fórmulas ante el narcotráfico?

De esa mujer conservadora, amable, y radical en sus posturas pasamos a escuchar a la madre y observamos una Paloma que se nos hace borrosa ante sus ideas coloniales. Una madre que se preocupa por el medio ambiente y el cambio climático. Una mujer que escucha las preguntas inocentes sobre le mundo y la vida de su amada hija Amapola. La mujer que quiere un mundo mejor para esa Amapola, un mundo en paz, un mundo democrático, más equitativo; un mundo donde la mujer pueda ser libre en sus derechos. Y entonces Carolina aparece con una pregunta difícil y contundente: ¿Por qué esa fidelidad a la figura más patriarcal que tiene Colombia, Álvaro Uribe?

Al hablar del patriarca, a Paloma se le iluminan los ojos, le agradece a este hombre por liberar al Cauca de la violencia, el hombre que le demostró que se podía hacer de verdad cambios con la política, el hombre que se acordó que existía el violento y olvidado Cauca colonial. Porque es cierto, con Uribe unos pocos buenos terratenientes regresaron a sus fincas sin ser secuestrados y sin ver afectados sus negocios. Pero el otro Cauca, el de los indígenas, el de los campesinos, el de los afrocolombianos, el de los que no pudieron irse para Bogotá o para Cali, el de las comunidades del pacífico, a ese Cauca la guerra no se les fue, la guerra se les creció.

Finalmente, Carolina le pregunta por Duque. Y Paloma, nuevamente incómoda, saca su mejor cliché al decirnos que está segura de que Duque se levanta a hacer lo mejor de sí mismo. Carolina es sutil pero letal y le dice que eso es lo que hacemos todos, levantarnos y tratar de hacer lo mejor que podemos. Paloma abre los ojos y gira hacia su errada visión de la democracia, plantea que lo que podría hacerle bien a Colombia es que un presidente gane con mayoría (lo que ella considera que es la democracia) y que a la gente así no le guste lo que ese presidente haga, debería ponerse a favor de ese gobernante y de ese modo sacaremos a Colombia adelante. Una frase que parece inocente y sin peso pero que en el fondo es la idea unificadora de la dictadura, la tan anhelada homogeneidad con que suena la derecha, la de borregos sin criterio que persigan a un líder sin importar los medios para alcanzar los fines. Nada más alejado de la democracia que esa idea, no en vano su partido, el más antidemocrático de los partidos se hace llamar Centro Democrático.

No comparto nada de lo que piensa la senadora Paloma Valencia, quizá lo único que comparta es qué Amapola es un bellísimo nombre para su hija. Pero se me hace muy valioso escucharla y agradezco a Carolina Sanín por esta entrevista que nos permite acercarnos a la visión de la senadora uribista. La visión de una mujer privilegiada que ha sobresalido en un entorno de hombres que han sobresalido por ser poetas, académicos y hasta presidentes de la república. Una mujer que nació en un entorno colonial y que sigue aún mirando al mundo desde la nostalgia de ese lugar.

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